EDITORIAL

El país todavía se encuentra sumergido en el pasado. No hemos entrado al siglo 21. Los pasados cien años no fueron los mejores. No se salió de la dictadura y de las intervenciones militares extranjeras. Trujillo y Balaguer se llevaron más de 50 años del siglo 20.

Y a pesar de lo negativo que nos dejó ese espacio, los entes pensantes de la sociedad y los que únicamente escuchan y sonríen, la masa silente, siguen aferrados a un pasado sin glorias, sin penas y sin esperanzas.

Hay que arrancar en el siglo 21. Debe ser nuestro siglo de las luces, dejando atrás la corrupción, los jefes de mano de hierro, los demagogos, las intervenciones extranjeras, aunque sean económicos y no armadas y dando impulso a la idea de que se tiene que dar el salto hacia el desarrollo.

En el país no hay instituciones Férreas. Se venden a través de los titulares de periódicos, pero están hechas de arena sin sostén de rocas. Es como la leyenda bíblica del hombre que edificó  su casa  en la arena, desechando levantarla sobre las rocas.

No todos los dominicanos somos culpables de que las instituciones naveguen en el lodo. A la gran mayoría nadie le preguntó su opinión y sus preferencias.

No es el momento de rescatar viejas instituciones, sino de levantar  nuevas. Es la verdad. Un dominicano de  65 años nunca ha vivido en democracia.

Nació bajo la era de Trujillo, y de ahí un Golpe de Estado, un gobierno de siete meses que no pudo arrancar y una revolución armada, que entre sus efectos colaterales parió los doce años del doctor Joaquín Balaguer.

Muchos se horrorizan hoy de que no haya plena democracia, pero no han hecho nada para levantarla. La democracia no es sólo un anhelo o una ilusión fatua, sino una forma civilizada de vivir entre la gente, donde se respete lo individual y colectivo, sobre todo el sacrosanto derecho a la vida.

Pero una vida de calidad no es solo preservar la integridad física, sino tener la sustentación diaria, la salud, la educación  y el principal de los derechos, que es la difusión del pensamiento.