EDITORIAL

El natural refugio de la Ley de partidos políticos, debe ser dormir el sueño eterno. Es un proyecto que le interesa a la mal llamada Sociedad Civil, consensuado con hipocresía, pero que en el fondo rechazan todos los grupos políticos.

De haber la intención en el conglomerado político de que se aprobara la ley de partidos, de seguro que se hubiera ido al comienzo de la legislatura recién finalizada. A los partidos no les interesa esa ley, porque no respetan a nada, ni creen en los procesos institucionales.

La sociedad que se hace llamar civil  ideó esa Ley de Partidos para tratar de seguir rigiendo el proceso electoral. Ya ellos perdieron la acción de los mediadores.

Los tradicionales hombres que salían en las crisis para resolverlas con tratos de aposentos, fueron absorbidos por el proceso, y eso ahora lo lamenta el grupo de los mal llamados notables.

Van de error en errores. Meten ellos mismo el lapicero de plástico en fuego al rojo vivo, para sorprenderse de que se licúe. Crearon los tribunales Electoral y Constitucional, para  tratar de crear instituciones por encima de los reglamentos de elecciones.

El tiro los mató, porque si bien dispusieron del Constitucional y el Electoral, nadie salvó a los eternos mediadores. Ya no había, ni hay ahora mismo, razón de ser de mediadores sociales y políticos, si hay dos tribunales donde se deben debatir los problemas, con soluciones de acuerdo a lo que dispone la ley.

Las leyes electorales vigentes son suficientes para controlar a los partidos políticos, lo que pasa es que el liderazgo de los grupos partidistas tiene más fuerza que la Junta Central Electoral, y no hay forma de llevarlos a respetar la ley y que actúen de acuerdo a sus estatutos y sobre todo, sin golpear  la Constitución.