Las amarguras de la justicia

EDITORIAL

Los mayores problemas que tiene la justicia dominicana  no son de presupuesto ni de dinero. Cierto que faltan recursos y hay instalaciones destartaladas, pero con cemento y varilla no se edifica la institucionalidad del sistema judicial.

Hace falta reciedumbre, dedicación, sacrificio, y ante todo levantar en alto  una inmaculada bandera de honestidad.

La mayor parte de los jueces son serios y responsables, hacen honor a la toga y el birrete. Testifican ante un crucifijo firme, vertical, a prueba de todas las tentaciones, pero hay un puñado de servidores judiciales que ensucia el sistema.

El principal problema de la judicatura es poner la venda sobre los ojos de la diosa Temis. Hacer que la balanza de nuevo esté medio a medio. Que no tenga amigos, ni enemigos,  sin favoritos, sin cercanos, ni lejanos. Su accionar debe ser en base a conocer el fardo de las pruebas y consultar su conciencia.

No tener los suficientes recursos económicos es a todas luces un serio inconveniente. Hay que mejorar las estructuras de muchos palacios de justicia que están cayéndose, y también se debe pensar en mejoría de sueldos y niveles de vida de los jueces.

Es válido el pronunciamiento-petitorio de que hay que ofrecer un mayor presupuesto al sistema judicial,  porque esto aleja las tentaciones de la prevaricación y la venta de sentencias, al tiempo sube a los jueces a un estatus de vida que vaya de acuerdo con su nivel de compromiso social y profesional.

Pero hay que pensar en la institucionalización del sistema judicial.

Durante muchos años esa institucionalidad ha sido sobre declaraciones públicas, pero más que eso, se necesita una escuela de la magistratura de verdadera carrera judicial, donde no haya la cuota de manos traviesas, ni intervenga  la imposición  de los partidos políticos.

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