Roberto Valenzuela

Por Roberto Valenzuela

Una simple lectura a la historia dominicana nos demuestra que endiosar,  rendir culto a los caudillos –sean presidentes, jefes militares, hacendados– son los mismos siempre.

Al general Pedro Santana, Buenaventura Báez, Horacio Vásquez, Desiderio Arias, Rafael Trujillo Molina, Joaquín Balaguer. A la espera de algún favor, los idolatran con consignas.

El historiador Euclides Gutiérrez Félix dice, y yo le creo, que por el poder que concentra la figura presidencial la gente lo ve como un dios.

Hace un tiempo que el historiador Frank Moya Pons explicó que el sistema de gobierno al estilo caudillo, como el centro de todo,  lo heredamos de los colonizadores españoles.

Señaló que una persona podía ser  el gobernador de la isla (jefe político representante de la corona española), era “capitán general”. Es decir,  jefe militar. Ese mismo funcionario era presidente de la “Real Audiencia”, o sea, juez.

Observen este ejemplo:  ocurrió en la ceremonia de traspaso de mando en el Palacio de Borgellá, el 1 de septiembre de 1882, cuando el jefe militar del Partido Azul, Lilí (Ulises Heureaux), fue Presidente por primera vez. Le entregaba el poder monseñor Fernando Arturo De Meriño.

A penas Lilís se había terciado la banda presidencial, cuando varios ciudadanos apostados en el frente (hoy es Parque Colón) del Palacio Presidencial  gritaron: “¡viva el Presidente vitalicio!”

El presidente saliente reaccionó molesto: “un momento: vitalicio no, alternativo y responsable”. El Partido Azul, liderado y fundado por el prócer Gregorio Luperón, creía en el fortalecimiento del sistema democrático-institucional, basado en la alternabilidad del poder.

Meriño fue el primer gobernante electo con la Constitución del presidente Luperón, la cual establecía el período presidencial de dos años y la no reelección presidencial.