19º. Domingo de Tiempo Ordinario

MATEO 14, 22-33:Un amigo me pidió que hablara con su esposa en privado para ayudarla a resolver un problema muy grave que ella tenía en el campo espiritual.

– “La recibo con mucho gusto” – le respondí. – “Pero: ¿Puedes decirme cuál es su problema?”

– “Su problema es que ella tiene lupus y no tiene fe suficiente para pedirle a Dios que la cure” – me contestó mi amigo…

– “¿Es verdad eso?” – le pregunté a la esposa cuando vino al otro día.

– “Mira Luis” – me contestó ella con una sonrisa sólo superada por su sencillez y paz en medio de una enfermedad mortal. – “Lo que sucede es que mi esposo tiene un concepto diferente al mío de lo que es la fe. El dice que si yo le pido a Dios con suficiente fe, Él me cura seguro. Así que si yo me muero, es por culpa de mi falta de fe.

¿Qué te parece?”

– “¿Tú tienes fe?” – Le respondí yo con otra pregunta.

– “¡Sí!” – me contestó. – “Pero no en un Dios que hará lo que yo le pida, sino al contrario, en un Dios que sabe más que yo qué es lo que conviene y qué, por eso, espera que yo haga su voluntad, y no Él la mía”

¡Qué sabia, me pareció su sencilla respuesta!

Recordé a Salomón. Cuando lo nombraron Rey, el Señor se le apareció en sueños y le dijo; “Pídeme lo que quieras”

La respuesta de Salomón (resumida) fue ésta: “Señor dale a tu siervo un corazón que escuche y sea dócil a tu palabra y a tu voluntad”

Al Señor le pareció bien que Salomón pidiera aquello, y le dijo: – “Por haber pedido esto, y no haber pedido larga vida, ni haber pedido riquezas, ni haber pedido la vida de tus enemigos, sino inteligencia para acertar en el gobierno, te daré lo que has pedido: una mente sabia y prudente, como no la hubo antes ni la habrá después de ti.

Y te daré también lo que no has pedido: riquezas y fama mayores que las de rey alguno. Y si caminas por mis sendas, guardando mis preceptos y mandatos, como hizo tu padre David, te daré larga vida.

Teresa de Lisieux murió jovencita también. Y, en medio de su enfermedad mortal, Dios le reveló en qué consistía la fe auténtica. Ella escribió una y otra vez. “Es preciso abandonarse en las manos de Dios. Abandono que no es dejación, sino aceptar sin reservas la voluntad de Dios, sea ésta cual sea”.

Precisamente este era el corazón de su “pequeño camino”.

“He descubierto un pequeño camino, muy derecho, muy corto, un pequeño camino totalmente nuevo.”

LA PREGUNTA DE HOY

PERO, ¿NO DEBO, ENTONCES, PEDIR COSAS A DIOS?

Claro que sí. El mismo Señor dijo: “Pidan y recibirán”.

Ahora Él mismo nos enseñó a pedir cuando en Getsemaní, llorando y sudando sangre exclamó: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa (su horrible pasión y muerte), pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Lucas 22, 42

De modo que sí, pidamos a Dios lo que creamos que nos conviene, siempre añadiendo “Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.