EDITORIAL

Son irrespetuosas las conclusiones de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, sobre todo cuando los dominicanos somos víctimas de la inmigración masiva de haitianos ilegales, a quienes siempre hemos ayudado.

No se maltrata a los haitianos ni a ningún otro extranjero en esta tierra. Todo lo contrario, se les ofrecen facilidades de trabajo, de comida, de hospitales, de escuelas y hasta de un techo.

Miles de dominicanos superviven en la más espantosa de las miserias, razón por la cual no se puede pensar que ilegales sin importar la nacionalidad, pueden estar por encima.

Eso no se da en ningún país del mundo, el orden jurídico de una nación que se respete no se negocia y el que lo dude que se lo pregunte a los norteamericanos o a los europeos.

Hay millones de dominicanos que viven a orillas de los ríos, en casas de techo de yagua, sin comida, sin asistencia médica, sin educación y sin futuro. No se sabe dónde pararemos si a pesar  de tener estos problemas encima, los dominicanos tienen que cargar con el pesado fardo haitiano.

El papel de la CIDH, que dice ser defensora de los derechos humanos no es mancillar la territorialidad y el patriotismo de ningún país. Pedir que graciosamente se entregue la nacionalidad dominicana a ilegales, es meterse en asuntos internos y dar una bofetada al patriotismo nacional.

Puede ser que internacionalistas quieran levantar la bandera de que los países no tienen frontera, y cometen un despropósito. Muchos de los experimentos del viejo socialismo fracasaron  cuando quisieron unificar pueblos con distintos rasgos históricos, culturales y humanos.

Detrás de la posibilidad  de unir a República Dominicana y Haití, se sabe que hay gente que no está loca, y prueba de ello, es que estos no son capaces de proponer la unificación de países como EE.UU con México, Venezuela con Colombia, Brasil con Argentina y otras naciones cuyas fronteras también son imaginarias.