Congreso unicameral

EDITORIAL

Las cámaras legislativas ahora mismo, in-situ, en el acto, poco aportan en el mantenimiento de la democracia nacional.

En muchas ocasiones los ciudadanos  lucen desencantados de ese poder del Estado, porque los legisladores salen pobres de sus comunidades, y desde que son juramentados se olvidan de su lugar de origen y rápidamente se hacen ricos.

Además la idea popular es que el Congreso se asemeja a un mercado persa, donde las cuotas políticas son las que mandan y en ocasiones los impulsos y deseos personales e individuales de diputados y senadores.

En la mayoría de los casos se aprueban leyes de las cuales los legisladores no tienen la mínima idea. Basta para ellos recibir orientación de un partido político determinado y sólo levantar las manos. Es un poder del Estado castrado por falta de iniciativas reales.

Sin embargo es una necedad plantear que sólo exista una cámara legislativa en el país. El problema no es que haya diputados y senadores,  sino de que no tienen metodología clara de trabajo y son peones de los partidos políticos, y grupos que se mueven de acuerdo con la fuerza de la marea.

Al Congreso hay que modernizarlo y devolverle  la dignidad. Eso se logra con trabajo y dando el ejemplo. Los legisladores no están para crear barrilitos y repartir juguetes o alimentos. Su misión central es ser el colador de las leyes y la ejecutoria de la vida pública nacional.

Hay que implementar un programa de trabajo de acuerdo con  los mejores intereses nacionales, que los legisladores se llenen de sentimientos patrióticos, que comprendan la importancia de su trabajo, y en especial, que los partidos políticos coloquen en la boleta a personas que cuenten con simpatías en sus comunidades, y no personalidades señaladas por el dedo.

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