EDITORIAL

Cuando un político peso pesado cae preso, termina en la muerte, en las calles ensangrentadas o en el Palacio. La modalidad del Golpe de Estado Institucional llevará la violencia  a la América Latina.

Por las razones que sean, se juega a sacar a gobiernos del poder mediante acciones de jueces o del Congreso. Una acción muy peligrosa en el proceso de una Latinoamérica que vive todavía casi en la barbarie.

A un alto costo en sangre, por todo el continente se anidó la resistencia a los gobiernos militares, y casi todos ante la presión popular, aligeraron sus actuaciones y tuvieron que dar paso a elecciones medianamente libres, pero suficientes para que se vieran obligados a salir del poder.

La reciente situación de Brasil indica que el desenlace podría ser violento. Lula puede ser culpable o inocente de las acusaciones que se le hacen de corrupción.

De hecho sus opositores lograron una condena de doce años en prisión, pero sus partidarios destacan que es inocente y lo consideran un preso político.

Cuando un político de la estatura de Lula cae preso, con un total respaldo del partido más fuerte de su país, las instituciones se tambalean, llega la intranquilidad social y los choques entre civiles y militares son inevitables.

En un país dividido está presente  el espectro del Golpe de Estado o la guerra civil, es más los dos elementos  se funden en uno cuando hay coyunturas específicas.

La sociedad brasileña está debilitada por la violencia en las favelas, ambientadas en el tráfico de drogas y pleitos de pandillas, unas fuerzas armadas que  desean salir de nuevo a las calles para compartir el poder, las presiones norteamericanas que no desean que siga la cooperación económica con China y unas elecciones que terminarán en traumas irreparables.